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La vuelta a la rutina: por qué nos cuesta tanto (y cómo acompañarnos mejor en el regreso al cole y al trabajo)

Marzo marca, para muchas familias, el verdadero comienzo del año. Después del descanso, los viajes o incluso el caos propio de las vacaciones donde los horarios se flexibilizan y las exigencias disminuyen aparece nuevamente la rutina: el despertador temprano, las mochilas listas, las viandas, los turnos médicos, las reuniones laborales pendientes y las agendas que vuelven a llenarse.

La llamada “vuelta a la normalidad” no siempre se vive con entusiasmo. Para muchos adultos implica estrés, ansiedad o sensación de sobrecarga. Para niños y adolescentes, puede representar desde entusiasmo por el reencuentro social hasta angustia por las demandas académicas. Y en familias ensambladas o numerosas como la mía, con siete hijos de distintas edades este proceso puede sentirse como una verdadera reingeniería logística y emocional.

Pero ¿por qué nos cuesta tanto retomar la rutina si, en teoría, es lo que ordena nuestra vida cotidiana?

Durante las vacaciones, nuestro cerebro se adapta a un funcionamiento más flexible: dormimos cuando tenemos sueño, comemos sin horarios estrictos y disminuye la exposición a exigencias externas. Volver a la rutina implica, en términos neuropsicológicos, un proceso de readaptación que puede generar resistencia.

No se trata simplemente de “organizarse mejor”. La transición entre el descanso y la exigencia activa mecanismos de estrés que afectan tanto a adultos como a niños. Irritabilidad, cansancio, dificultades para conciliar el sueño o falta de motivación son respuestas esperables durante este período.

Nombrar esto como parte del proceso y no como una falla personal es el primer paso para transitar el cambio de manera más saludable.

Solemos asociar la rutina con rigidez o aburrimiento, cuando en realidad cumple una función fundamental: brindar previsibilidad. Para los niños, especialmente, saber qué esperar del día les permite reducir la ansiedad y desarrollar autonomía.

Las rutinas no sólo organizan el tiempo: también construyen seguridad emocional.

Cuando un niño sabe que después del colegio hay un espacio para merendar, hacer la tarea y luego jugar, su sistema nervioso puede relajarse. Lo mismo ocurre en adultos cuando logramos establecer momentos definidos para trabajar, descansar y compartir en familia.

La rutina, bien entendida, no limita: contiene.

Uno de los errores más frecuentes en esta etapa es suponer que todos los miembros de la familia deberían adaptarse al mismo ritmo. Mientras algunos niños esperan con entusiasmo el inicio de clases, otros pueden manifestar resistencia, quejas somáticas o desgano.

Lo mismo ocurre con los adultos: hay quienes encuentran alivio en la estructura del trabajo y quienes sienten que el regreso implica perder libertad.

Validar estas diferencias es clave para evitar conflictos innecesarios. No se trata de que todos sientan lo mismo, sino de poder acompañar cómo cada uno vive el proceso.

La vuelta a la rutina es una oportunidad para abrir espacios de diálogo:

¿Qué es lo que más te entusiasma de este nuevo comienzo?
¿Qué creés que te puede costar más?
¿Cómo te gustaría que te acompañemos en este regreso?

Estas preguntas, abiertas y sin juicio, permiten que cada integrante de la familia ponga en palabras sus expectativas o temores. En el caso de los niños, muchas veces el malestar no aparece en forma de relato, sino de conducta: irritabilidad, llanto o retraimiento.

Escuchar antes de exigir puede marcar una gran diferencia en cómo se transita este momento.

Más que buscar rutinas perfectas, el desafío está en construir rutinas posibles.

Esto implica:
Establecer horarios progresivos de sueño unos días antes del inicio escolar.
Anticipar juntos la organización semanal.
Delegar tareas según la edad de los hijos.
Incluir momentos de descanso y juego, incluso durante la semana.

La adaptación no ocurre de un día para el otro. Es un proceso que requiere paciencia y flexibilidad.

La vuelta al cole no es sólo un hito infantil: es una oportunidad para que los adultos revisen sus propios hábitos. ¿Qué rutinas queremos sostener este año? ¿Cuáles necesitamos modificar? ¿Cómo podemos organizarnos para que el día a día no se convierta en una carrera permanente?

La rutina puede ser el escenario donde el cansancio se acumula… o el espacio donde el bienestar se construye.

La diferencia está en cómo la habitamos.

Por: Verónica Jaroslavsky – Coach Ontológico Familiar

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